Sur o no sur

Recuerdo aquellos tiempos casi mitológicos en los que “España iba bien”. Eran tiempos de vacas gordas y autocomplacencia en muchas conversaciones. Entre algunos existía un convencimiento de que aquél era el orden natural de las cosas. Como ciudadanos del norte, éramos la raza elegida para el bienestar. A los del sur, en cambio, les había salido la cruz de la moneda. Contra este hecho no se podía luchar más allá que con la caridad o la condescendencia.

De entre los que pensaban de ese modo, había una minoría que a todo ello le sumaba la mala idea. Me hallé en medio de algunas de sus conversaciones en las que, utilizando un tono burlesco, se mofaban de la manera de ser o la imagen de los negros, sudacas o panchitos. Con sus palabras reflejaban el convencimiento de que la pobreza de estos era debida a su inherente personalidad. Solitos, con pereza y poca inteligencia, creaban su propio stablishment.

Como cualquier persona que haya visitado con los ojos abiertos otros países, sabía que todo aquello eran mentiras consecuencia del mínimo razonamiento sobre una situación que ni siquiera se había llegado a oler.

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Ilustración de Quino.

Por desgracia, ahora, gran parte de Europa también está viendo como las raíces de esos problemas antes ajenos (en realidad siempre presentes, pero en menor medida) crecen con fuerza. Nos estamos viendo sorprendidos por el hecho que, en muy pocos años, estamos descendiendo por un abismo con un horizonte que no se puede discernir. Somos los mismos que antes, pero hay algo que lo está cambiando todo. De repente, el Estado tiene una deuda gigantesca que nos ahoga y la cual, si seguimos empeñándonos en no declararla ilegítima, nos aplastará durante las próximas décadas. Aquello de la deuda externa ahora es también el problema de Europa. Si no se hacen políticas distintas, para conocer el porvenir de Grecia, Portugal o España tan sólo hace falta leer un libro de historia económica de Argentina, Perú o Ecuador.

Como mínimo esto nos tendría que servir para aprender algo. La culpa de la miseria nunca la tienen los pueblos por su forma de ser, el problema siempre es el mismo: aquello que aplastaba y aplasta el sur y que ahora se desplaza también hacia el norte. El problema es el hombre contra el hombre, no la raza contra la raza. La avaricia de unos pocos enfermos y la falta de convicción en su poder de cambio de una masa gigantesca formada de pequeños cuerpos y almas.

Sur o no sur, de Kevin Johansen.