Los llanos de Mojos (y IV)

En un lugar dónde no existen las piedras ni los metales, no es de extrañar que se hayan conservado pocos restos de sus antiguos habitantes. Cuando llegaron a estas tierras los primeros colonizadores, se encontraron con grupos étnicos severamente diezmados por las epidemias que habían introducido los primeros expedicionarios europeos. Estos habitantes ya habían perdido el conocimiento del manejo del colosal sistema hídrico, capaz de transformar un entorno de inundación hostil en productivo.

Al igual que en el resto de América Latina, la peor pesadilla que podrían haber soñado los mojeños se materializó con los visitantes de más allá del Atlántico. Primero aparecieron los cazadores de esclavos y luego se instauraron las misiones jesuíticas. Éstas, eran lugares dónde los indígenas encontraban protección frente los esclavistas pero a un precio muy alto: someterse a un proceso de aculturación que tenía como objetivo hacerles olvidar sus raíces y adoptar las europeas y del cristianismo. Si bien es cierto que en ellas el indígena obtenía resguardo, también lo es que eran a la vez un chantaje, ya que debían olvidar sus dioses y su sabiduría ancestral para creer en el dios del cristianismo y aprender, por ejemplo, música barroca.

La iglesia de San Ignacio de Mojos tiene su origen en la época de los jesuitas.

Lo que vino después de la expulsión de los jesuitas de América fue algo aún peor: sacerdotes corruptos y gobernadores civiles de la misma calaña. Durante el auge del caucho en el siglo XIX, el indígena fue esclavizado. Trabajó y murió para que los coches de los países ricos pudieran lucir neumáticos.

El mojeño actual vive las consecuencias de la historia de su pueblo. Los primeros días que estuve en San Ignacio de Mojos fueron asfixiantes, no sólo por el calor de la época sino por la densa humareda que lo envolvía todo. Era el tiempo del chaqueo, la quema de hectareas de pampa para regenerar, sobretodo, pasto para el ganado. La quema es muchas veces incontrolada y tiene resultados desastrosos, destruyendo también el monte y dejando atrapados en una cárcel de fuego a muchos animales que acaban también ardiendo, causando un daño irreparable al ecosistema.

Durante el chaqueo se queman hectáreas de pampa y de monte.

Las tierras de Mojos están en manos de unos pocos latifundistas que se dedican a la explotación vacuna. Antes de la llegada de los jesuitas, la principal forma de aprovechamiento del entorno seguía siendo la agricultura. Fueron ellos los que introdujeron la ganadería, la principal actividad económica en la actualidad. Este modo de producción no tiene ningún sentido en Mojos, ya que los malos pastos y las inundaciones causan una ridícula producción de tan sólo 11 kilos de carne por hectárea al año. En época de lluvias, no es extraño ver desde el aire vacas literalmente con el agua al cuello, refugiadas en los restos de los antiguos terraplenes. La agricultura ha quedado reducida a pequeños campos de 1 o 2 hectáreas llamados chacos y que trabajan los campesinos.

La agricultura se practica a pequeña escala en los chacos de los campesinos.

A lo largo de los años, a los mojeños se les ha impuesto un modo de vida que no ha nacido para su medio natural. En el presente, el asfalto de la capital del Beni, Trinidad, hace aún más asfixiante el calor tropical. Los canales de navegación han quedado en desuso, cubiertos de vegetación o cortados por carreteras que en época de lluvias son imposibles de transitar.

Pero lo peor es la falta de seguridad que se ha ido incrustando en el carácter de los mojeños, acostumbrados desde siglos a que les digan lo que deben de hacer. Vinieron los jesuitas y les dijeron que eso en lo que creían no era cierto, que el único Dios era el suyo. Les hicieron olvidar casi por completo su cultura y construir violines para tocar música barroca y renacentista. Después, otras personas les obligaron a trabajar como esclavos.

Aún perduran muestras de la cultura originaria, como en el caso de los Macheteros.

De esta forma, el mojeño se ha acostumbrado a resistir y a no tener iniciativa propia. Si alrededor del 90% de ellos vive en la pobreza no es porqué no sepan hacer nada para evitarlo, sino porqué se les ha enseñado que ellos no saben hacer nada para evitarlo. Siempre deben ser otras cabezas pensantes las que tomen las decisiones. En cambio, en los talleres que se impartían en la Biblioteca Pública de San Ignacio de Mojos, los niños, que aún no han tenido tiempo de aceptar ese papel, nos sorprendían cada día a los que ahí trabajábamos con una gran iniciativa y ganas de aprender que luego se pierden en la población de más edad.

Los llanos de Mojos (III)

Los llanos de Mojos han sido siempre una zona muy poco conocida debido a la falta de infraestructuras terrestres y a las inundaciones que sufre cada año. La aviación no llegó hasta la década de los 50, de la mano de compañías petroleras en busca de nuevos yacimientos que explotar. Un ingeniero texano de esa industria, Kenneth Lee, descubrió en 1957, durante un vuelo en avioneta desde Trinidad hacia más allá de San Ignacio, unos perfiles tan sólo visibles desde las alturas y que se cree que pueden ser los restos de campos de cultivo elevados. Impresionado, Kenneth Lee dejó la industria petrolera para dedicarse por completo al estudio de lo que, poco a poco, se fue revelando como posibles restos de una antigua civilización que habría girado en torno al agua. En mi opinión, Lee tomó la decisión más sabia de su vida al cambiar petroleo por agua.

Los estudios de Lee y de otros, como William Denevan o la ONG Centro de Estudios Amazónicos (CEA) (enlace con mucha información), parecen demostrar que los antiguos habitantes de Mojos habrían construido una gigantesca obra hídrica con el objetivo de transformar un entorno hostil en habitable, utilizando técnicas para transferir la fertilidad de las aguas al suelo. Con este fin, habrían movido toneladas de tierra para crear un sistema formado por varios elementos: lomas, campos de cultivo elevados, canales, lagunas y diques.

Existe un potencial de conocimiento enorme por descubrir en los yacimientos arqueológicos por descubrir en Mojos.

Es imposible entender cómo habría funcionado este complejo hídrico si no se considera en todo su conjunto y se establecen sus relaciones. Ya hemos visto la existencia de miles de lomas (60.000km2, según CEA) que quedan a salvo de las inundaciones anuales. Al igual que ahora, en estas lomas es dónde habrían habitado los antiguos pobladores, y así lo demuestran la gran cantidad de yacimientos arqueológicos que se encuentran en ellas. Durante mi estancia en Mojos, unas obras en una vivienda revelaron unas vasijas funerarias que escondían unos esqueletos. Por desgracia, los trabajadores de la obra las habían destrozado en busca de las míticas cantidades de oro que en Mojos se cree que acompañan estas tumbas.

Los campos de cultivo elevados que descubrió Lee se encuentran rodeados por un gran número de canales, los cuales habrían servido para almacenar agua para ellos y para hacer crecer el tarope, una increíble planta acuática la cual, gracias a su absorción de la materia orgánica, es capaz de mejorar en gran cantidad la producción de una cosecha.

Otros canales habrían sido utilizados como vía de comunicación. Estos presentan un trazado este-oeste perpendicular a la dirección sur-norte de la mayoría los ríos que cruzan los llanos de Mojos.

Las lagunas de Mojos son ahora lugares dónde pasar mejor el sofocante calor. En la imagen la laguna Isireri de San Ignacio.

Los canales podrían ser utilizados también para alimentar una de las obras más impresionantes de Mojos: los centenares de lagunas artificiales existentes, muchas de las cuales de forma rectangular, orientadas en dirección suroeste-noreste y de fondo poco profundo y uniforme. Al terminar la época húmeda, los alevines de los peces -que con las lluvias escapan del curso de los ríos y quedan esparcidos por la pampa a salvo de muchos de sus depredadores- se perderían entre el laberinto de canales para, en lugar de volver a hallar el río, encontrarse finalmente con estas lagunas que se convertirían en un valioso aporte de proteínas para el ser humano.

Imagen satélite en la que se puede comprobar la caprichosa forma de las lagunas de Mojos. Puedes desplazarte con el cursor sobre el mapa para ver muchos más casos.

Por último, miles de kilómetros de diques o terraplenes habrían servido como contención y conducción para manejar los cursos de las aguas y llevarlos a los centros de producción (es decir, los campos elevados y las lagunas).

Por lo tanto, estos estudios (y otros relacionados en otros lugares de sudamérica) desmentirían la teoría durante mucho tiempo aceptada de que las tierras amazónicas no podían haber sustentado a una gran cantidad de habitantes debido a que sus suelos compactos y pobres en nutrientes no son buenos para la agricultura. Se creía que las sociedades que los habitaron en tiempos remotos no podrían haber estado compuestas más que por cazadores-recolectores, pero estas pruebas (y otras relacionadas en otros lugares de Sudamérica) demostrarían la existencia de una sociedad con el alto grado de organización necesario para construir unas obras tan colosales.

En la próxima entrada veremos cómo esa civilización desapareció sin dejar casi ni rastro y cómo la llegada de los colonizadores cambió y destrozó el entorno y los modos de producción de los llanos de Mojos, influyendo aún en la actualidad en el carácter de los mojeños.

Completa entrevista con Josep Barba, presidente de la ONG Centro de Estudios Amazónicos.

Los llanos de Mojos (II)

¿Cómo en un lugar que varios meses al año queda cubierto por las aguas se ha establecido la vida humana?

Durante mi estancia en la región de Mojos estuve viviendo en el pueblo de San Ignacio. Era el mes de octubre, en la frontera entre el invierno y el verano, entre la época seca y la de las lluvias. El seco invierno no es, lógicamente, tan caluroso como el verano, pero nunca se llega a temperaturas demasiado frías. El invierno es periódicamente azotado por los surazos: vientos fríos provenientes de la lejana Antártida que pueden hacer descender la temperatura hasta 15 grados de golpe. El viento del norte, en cambio, llega siempre bien calentito desde las zonas tropicales.

Casa en San Ignacio de Mojos.

Cuando mi compañera, Anna, y yo llegamos a San Ignacio hacía un día caluroso, el cual nos envolvió en sudor debido al ajetreo del viaje. Sin embargo, los mojeños nos daban esperanza con que aun tenían que llegar uno o dos surazos de despedida del invierno. En la habitación dónde dormíamos habían dos ventanas: una encarada hacia el norte y la otra hacia el sur. En los momentos de más calor, que no eran pocos, me estiraba en la cama intentando no tocarme a mi mismo y miraba expectante a mi alrededor. Me llenaba de ilusión si me parecía que la cortina de la ventana del sur se movía un poquito, pero me desesperaba si la que ciertamente se movía era la del norte. De hecho, en el sofoco del primer día, estuvimos a punto de comprarnos un ventilador para que nos ayudara a soportar las calurosas noches. De habérnoslo comprado, hubieramos tenido que comérnoslo con patatas al comprobar al día siguiente como en las noches la electricidad era cortada en todo el pueblo para ahorrar energía.

Evidentemente, los mojeños no estaban tan paranoicos como nosotros y no se pasaban el día mirando qué cortinas eran las que se movían. Ese calor tan fuerte para nosotros no lo era tanto para ellos, sabedores de que el verano aún ni había empezado.

Refrescándose en la laguna de San Ignacio. Foto de Anna Llopis.

Cuando vienen las lluvias es imposible ir de San Ignacio a la capital del Beni, Trinidad, en coche (o movilidad, como en muchos lugares de Sudamérica se conoce genéricamente, y creo que de forma muy acertada, a todo aquello que te puede llevar por tierra). La ruta queda hecha un barrizal y sólo puede utilizarse el bote o, quien tenga más dinero, la avioneta.

Aunque los alrededores de San Ignacio quedan inundados, no lo queda en la misma manera ni éste pueblo ni otros que se encuentran repartidos por los llanos de Mojos. De hecho, miles de lomas asoman la cabeza para no ahogarse entre la enorme piscina estacional, y es sobre estas lomas dónde descansan esos pueblos.

¿Qué explicación geológica tiene el origen de las lomas en un terreno cuya formación prácticamente se limita a la acumulación de sedimentos arcillosos de los ríos, con un actividad sísmica muy baja? De hecho, ¿puede tener alguna explicación geológica?

Los llanos de Mojos (I)

El pasado mes de octubre tuve la oportunidad de conocer la tierra de Mojos, en el departamento boliviano del Beni, y la suerte de añadirla a la corta lista de lugares a los que se pertenece: aquellos que, en la medida que sea, influyen en la personalidad actual de cada uno. Evidentemente, los responsables de que ahora sea un poco mojeño son sus gentes y el hecho que durante un tiempo compartiera mi vida con ellos y con los paisajes que ven a diario. Ya que, al contrario de lo que a veces piense el nacionalismo, no creo que existan lugares mejores que otros sino experiencias que asociamos a determinados lugares físicos.

Los llanos de Mojos se encuentran en Bolivia pero poco tienen que ver con la imagen típica de colorido andino que muchos asociamos a ese país. De hecho, el 67% del territorio de Bolivia no está sustentado en las vertiginosas alturas de los Andes sino que reposa con los pies bien clavados en el suelo en una enorme y baja planície. Por ella corren un sinfín de caudales que tienen como destino alimentar al mayor monstruo de agua dulce de entre todos los ríos del mundo: el Amazonas.

Esta región tiene una extensión similar a la del Reino Unido, y cada verano, con las lluvias, se convierte en una de las mayores llanuras de inundación del mundo. Con una pendiente de tan sólo 9cm/Km, no es de extrañar que, con tanta agua caída del cielo por canalizar, los ríos se convierten en unos holgazanes: estiran sus brazos y se ensanchan, se echan a dormir en posición fetal y forman meandros.

No hay puentes que crucen el río Mamoré

Los mojeños viven mirando hacia el sur, de dónde vienen las aguas. El mayor río de Mojos es el Mamoré, que significa río madre en lengua nativa. Al norte, el Mamoré se junta con otros dos colosos, el Beni y el Iténez (o Guaporé para los brasileños), para formar el río Madeira, uno de los principales afluentes del Amazonas

En Mojos no hay piedras. Tampoco hay montañas. Hace millones de años era un mar interior, encerrado por los infranqueables Andes y por el escudo precámbrico brasileño. Con toda la paciencia del mundo, este mar fue absorbiendo los sedimentos más pequeños que los ríos que a él desembocaban le dejaban (ya que los más grandes quedaban más arriba del curso) para formar una superficie plana sobre la que los actuales habitantes pisan seguros. Pero, si hemos dicho que los llanos de Mojos quedan totalmente inundados cada verano y que no hay montañas, ¿cómo puede ser que exista gente que pueda vivir ahí?