La ambición de los buenos

Si entendemos la sociedad como un espejo de su clase dirigente, seguro que llegamos a la conclusión de que el mundo es una mierda. Pero no una mierda cualquiera, sino una buena mierda. Salvo contadísimas excepciones, los que mandan no lo hacen pensando en el bien común, pues tan sólo se dedican a vender su alma y la madre al mejor postor. Engañan, roban y asesinan. El engranaje que mueve la rueda está podrido pero parece muy difícil de romper, ya que la única emoción de conocer a un determinado sucesor es saber si sólo llegará a ser tan granuja como el anterior o conseguirá superarlo.

Pero, pasando mucho más desapercibidas, existen otro tipo de personas: los erizos1. Cubiertos por un manto de púas que los protege de la podredumbre externa, son seres muy válidos que sienten un amor infinito hacia algo y que no están nada interesados en corromperlo. Son grandes conocedores de un determinado tema que, sin embargo, se ganan el pan en algo que no tiene nada que ver con él.

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La elegancia del erizo, por Anna Llopis.

El otro día tuve la suerte de presenciar el descubrimiento de uno de ellos. Los detalles no tienen ninguna importancia y no los daré para preservar la voluntad que siempre tiene un erizo de seguir como tal. Sólo es necesario saber que era una persona con un trabajo de los que llaman poco calificados, y que tenía un conocimiento y un amor asombrosos sobre un cierto campo cultural. En el momento en que me crucé con él en la vida, se estaba despojando de su carcasa ante otra persona socialmente más reconocida. Llevaban años cruzándose en el trabajo de forma casual, pero hasta ese momento no había reunido la confianza necesaria para sincerarse de ese modo. Sus palabras eran un auténtico chorro de pasión y sabiduría sobre aquello que tanto le gusta.

¿Porqué este erizo no es Ministro de Cultura? ¿Porqué no tenemos un mejor lugar en el mundo gracias a ella y, sin embargo, tenemos uno peor por culpa de otra? Creo que la respuesta es la ambición. En general, las buenas personas no tienen ambición. O quizás es que sea muy difícil desligarla del ego. Alguien que ama algo, lo ama de verdad y se funde con ello. Por el contrario, otras personas, menos sanas mentalmente, tienen la necesidad de subir, subir y subir. Tener y tener. Por desgracia, también para ellas, sólo se quieren a sí mismas. Por eso, como decía Pocho, los buenos tienen que hacer el trabajo de las hormigas para poder cambiar la sociedad. No hay más remedio.

Aprendí lo que es un erizo gracias a la película La elegancia del Erizo.