Cuchitril, dulce cuchitril

Si a cualquier persona lo suficientemente afortunada para tener un techo se le pregunta qué es lo que considera su hogar, seguro que rápidamente responderá que su vivienda. Pero si se le aprieta un poco más y se le pide cual es el lugar dentro de ésta que siente como más suyo, con el que relaciona más íntimamente la sensación de refugio o descanso del siempre imprevisible mundo exterior, los comentarios pueden ser más variados. Unos preferirán el comedor o sala de estar, con el cómodo sofá y la televisión o el equipo de música. Otros quizás se queden con la habitación dónde duermen, más que nadie los adolescentes que construyen en ella su inescrutable fortaleza.

Sea cual sea la elección, por lo común se identifica esa sensación de hogar con alguna que otra cosa material concreta. Ya sea el nombrado cómodo sofá, el colchón dónde cada noche se cierran los ojos o simplemente las cuatro paredes que envuelven ese lugar especial. De hecho, a menudo puede dar la sensación de que esos elementos materiales son totalmente imprescindibles para hallar el sosiego.

Viajar parece pues un inconveniente en nuestro reencuentro diario con el hogar, por lo que inevitablemente implica de dormir cada noche, o cada pocas noches, en un lugar distinto. Seguramente es incluso uno de los motivos que hecha para atrás a muchos a la hora de decidirse a preparar la mochila.

Pero una vez que irremediablemente se está en marcha, se descubre una cosa muy curiosa y que a mí particularmente me ha llegado a sorprender. Incluso en períodos de especial movimiento, cuando no se pasan dos días consecutivos en el mismo lugar, el sitio de que cada noche se dispone para, como se dice, caer muerto, se convierte durante el tiempo necesario en el hogar. Bastan unos pocos arreglos personales -establecer el lugar dónde se va a colgar la ropa húmeda, poner la guia o el libro de viaje sobre la mesita de noche- para que esas cuatro paredes sean interpretadas por tu espíritu como el lugar de anhelado descanso después de patear todo el día una ciudad, pelearse para hacerse entender en idiomas extraños o estar alerta de no meterse por la peligrosa calle equivocada.

Por supuesto existen excepciones. Pero incluso aquellas habitaciones dónde precisamente no te imaginas a un rey durmiendo, con sólo con que cumplan con unos mínimos requisitos de limpieza y seguridad, hacen que al cerrar la puerta cansado y estirarte boca arriba en la cama las primeras palabras que salgan de tu boca sean: Cuchitril, dulce cuchitril.

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Una plácida noche en un cuchitril de ensueño. Ilustración de Anna Llopis.