La pelota en el tejado de Cuba

Cuba, una mañana soleada de julio. Bueno, en Cuba sobra lo de soleada. Ya tu sabes, un calor infernal. Como ayer y como mañana. El gran viajero y mejor compadre Jaume y un servidor hemos comprado un par de entradas por un pesito cada una (unos 3 céntimos de euro) para presenciar el juego de pelota (béisbol) entre el Holguín y el Gibara. De acuerdo, no es el partido del siglo, y tampoco del año. La liga nacional terminó con las finales de abril. Para entonces, al calor ambiental se le sumó el calor pasional de los seguidores de cada equipo. En las esquinas calientes de cada población (reuniones informales en las plazas donde el ejercicio es discutir) cada analista dió su opinión y el animoso carácter cubano se burló más que nunca del equipo rival.

Tomamos asiento en las gradas. A punto de empezar el partido, el público nos da su reprimenda por nuestro despiste al no levantarnos con el himno nacional cubano. Como si nos quemara el culo, nos erguimos bien tiesos para remendar nuestro error. ¡Asere, tremenda cagada!

Holguín vs. Gibara

El juego empieza y aprovechamos para intentar descifrar como funciona esto de la pelota. Ya nos perdonarán, nosotros venimos de un país futbolero y nada más. Por lo visto, se trata de conseguir más carreras que el rival, y estas se obtienen cuando un atacante (los que batean) consigue volver al punto de salida pasando antes por las distintas bases. Si el atacante consigue batear empieza el momento de éxtasis, aquel que da sentido a un deporte de masas. Entonces, el orden se transforma en un aparente caos en el que los atacantes avanzan bases mientras los defensores intentan volver a sentar al público. Pero bueno, no hace falta dramatizar. El partido no es importante, hace calor… Los pocos que han venido, todo hombres, aparentan ser unos cuantos más por el hecho de tener cada extremidad en un asiento distinto. Parece que el momento orgullo nacional terminó con el himno.

El dictador Batista escapó de la revolución con el rabo entre las piernas y un buen botín bajo del brazo. Los guerrilleros lograron terminar con la mano invisible pero negra de los Estados Unidos. Sin embargo, la pasión por la pelota, que fue introducida por marineros estadounidenses y por cubanos que regresaban de ese país, permaneció intacta. De hecho, el mismo Fidel Castro presume de haber sido en el pasado un gran pelotero, antes de cambiar bate por fusil. Pero la verdad, viendo el siguiente video, impagable documento, parece deducirse lo contrario…

Escena del documental Fidel!, de Saúl Landau.

Camellos en la Habana

Tuve la suerte de conocer Cuba antes de que los camellos se extinguieran de la Habana. Esto fue no hace mucho tiempo, en 2008, y hasta aquél entonces era de lo más normal contemplar una de estas enormes bestias de dos jorobas pasearse por las calles aledañas al Capitolio. Estoy hablando, cómo no, de las gigantescas moles de hierro que, durante más de diez años, fueron utilizadas como transporte urbano por miles de habaneros en sus quehaceres diarios.

Es evidente el porqué los habitantes de la isla bautizaron así al jorobado engendro, monstruo de Frankenstein de las especies del motor, formado por dos guaguas (autobuses) de la época soviética soldadas por el centro y remolcadas por la cabina de un camión. Los primeros camellos fueron poblando Cuba a primeros de los 90. La caída de la URSS, su principal socio comercial y proveedor de petroleo a precios preferentes, obligó al Partido Comunista a idear formas eficientes para transportar a las personas hacia y desde los centros de producción.

Un camello en la Habana.

Aunque sólo con unos 60 asientos, un poco de voluntad hace posible que dentro de un metrobus -ese es su nombre oficial- puedan llegar a embutirse 400 personas. 18 ruedas, 17 metros de longitud y 30 toneladas de peso, convierten al camello en un coloso que avanza sometiendo al terreno que se le pone debajo. Sin embargo, 400 personas y sus respectivas respiraciones y sudoraciones, inevitables en un clima tropical, implican que viajar en ellos no sea una experiencia relajante. Un dicho famoso en la isla afirma que viajar en camello es como la película del sábado noche: con sexo (poco espacio es igual a mucho roce), violencia y lenguaje para adultos (pues es fácil perder la paciencia en el intento de llegar hasta la puerta de salida).

La cantidad de personas que se llegan a meter dentro de un camello desafía las leyes de la física.

Los nuevos socios comerciales de Cuba le han dado un pequeño respiro en sus necesidades de mobilidad. Miles de flamantes autobuses Yutong llegados desde China, substituyeron a los camellos como medio de transporte urbano en la Habana. Pero un todo terreno así no puede desecharse tan fácilmente, así que fue enviado a las provincias para que aún hoy sigan solucionando problemas infatigablemente. Desde entonces no he vuelto al país, pero hay quién dice que la manada de los Yutong está empezando a notar los estragos del trópico y de los baches de la carretera. Poco a poco, su población se estaría viendo diezmada. Quién sabe qué más puede deparar la aventura del transporte urbano que viven diariamente los habaneros.

La doble moneda de Cuba

A menudo, se suele hablar de la existencia de “dos Cubas”: la Cuba revolucionaria de los hermanos Castro y la Cuba anti-revolucionaria de la oposición en Miami. Además de éstas, dentro del mismo país existen otras “dos Cubas” que, dejando de lado ideales políticos, son consecuencia directa de las dos monedas de curso legal en la isla: el peso cubano y el peso convertible.

El peso cubano, también llamado moneda nacional, (CUP), es la moneda más “autóctona” de Cuba. Tiene un valor muy bajo (alrededor de 26CUP=1$) y es la divisa que utilizan los cubanos para las necesidades más básicas: comprar verduras, frutas, pagar el transporte urbano… Por otro lado, existe el peso convertible, o chavitos, (CUC), el cual, por definición, vale lo mismo que un dólar y que a la práctica se utiliza para comprar cualquier producto importado: desde pasta de dientes a unas zapatillas deportivas.

En los agros (mercados) de Cuba se vende fruta, verdura y cereales en pesos cubanos.

Aunque en el país hay una tasa de paro bajísima (un 2% en 2010), los sueldos son pagados en moneda nacional, por lo que conseguir algo más allá de lo estrictamente necesario, que hay que pagar en convertibles y a precios europeos, se convierte en un reto. Es la lucha diaria de la que hablan muchos cubanos que tienen que arreglárselas para poder conseguir algún chavito de la forma más ingeniosa posible (cosa que muchas veces pasa por los parientes de fuera o los turistas de dentro).

La doble moneda cubana determina, forzosamente, una doble economía y, por lo tanto, dos vías diferentes a seguir. De hecho, muchos turistas que llegan a la isla sin más intención que conocer los mojitos y las playas, la abandonan creyendo que es ilegal que un turista utilice los pesos cubanos. Esto no es así si, por ejemplo, decide comprarse una cajita de arroz con frijoles en la calle o subir a una guagua (un bus) en La Habana.

La historia de la simultaneidad de las dos monedas empieza después de la caída del mejor aliado del gobierno cubano, la URSS, cuyos efectos económicos se agraviaron con la tremenda asfixia de las sanciones inhumanas de los EEUU. El gobierno legalizó entonces el dólar, para después, en 1994, sustituirlo por su equivalente peso convertible. Este hecho provocó que se acentuaran la presencia de clases sociales en Cuba, diferenciándose las que se pueden permitir circular por la carretera del peso convertible y las que no. A pesar de esto, la situación no llega ni de lejos a la de otros países de América Latina, dónde millones de personas no pueden ni siquiera llegar a lo necesario.

El alegre carácter cubano lo hace todo un poco más fácil.

Parafraseando una de las expresiones más escuchadas en Cuba: “no es fácil“. Para que nos hagamos una idea, os contaré que en mi viaje por Cuba perdí la mochila nada más aterrizar. Las urgencias me obligaron a comprar unos calzoncillos de repuesto, los cuales me costaron tanto como el sueldo mensual mínimo cubano (unos 7 o 8 CUC’s). Por suerte, los cubanos tienen un especial sentido del humor y no dudan en reírse de sí mismos, cosa que es uno de los mejores antídotos para superar los problemas.