33 horas a través de los siglos

Después de dos semanas viajando por la China de los han, la etnia mayoritaria del país y del mundo, mi compañera y yo necesitábamos un respiro. Es cierto que su universo es fascinante. Su historia y sabiduría son milenarias, un mundo donde las ideas locas se hacen realidad. Sin embargo, al menos la parte más urbana que llevábamos visitando, es también estresante y agotadora. Ríos de gente por todas partes, contaminación, superficies enormes construidas a base de verter infinitos cubos de cemento… Algo difícil de digerir.

Si miramos el mapa de China e imaginamos que es una diana, el sur de la provincia de Gansu está dentro de su círculo más pequeño. Su posición despierta cierta intriga. ¿Cómo puede ser el centro de ese gigante que es China? Por los cuatro costados hay que recorrer miles de kilómetros para encontrar la siguiente frontera. Tal cual fuéramos un dardo afortunado, ahí nos dirigimos.

Al llegar a su capital, Lanzhou, la primera impresión fue la prevista, más de lo mismo. Otro monstruo de cemento. Como la mayoría de ciudades chinas, Lanzhou es como un viejo cascarrabias. Al verlo por primera vez no te ofrece una cara nada amable, por lo que se hace necesario ir escarbando con paciencia hasta encontrar las primeras sonrisas. Sin embargo, este no era nuestro destino final, sino que queríamos ir a conocer Xiahe y Langmusi, dos pueblos pertenecientes a un microcosmos tibetano cercano (el Tibet histórico es mucho más grande que lo que el gobierno chino reconoce como Región Autónoma del Tíbet. Concretamente, esta zona pertenece a la provincia histórica de Amdo).

Ya de camino a Xiahe es fácil observar la táctica de conquista por “progreso” que utilizan las autoridades. Nuevas y modernas carreteras por las cuales hacer llegar miles de inmigrantes de la etnia han, con el objetivo que los tibetanos queden disueltos como un azucarillo en el agua. Sin embargo, mi impresión ha sido que más bien se comportan como agua y aceite, formando capas inmiscibles que no se mezclan entre sí. Sea como sea, por ahora no han conseguido ahogar los deseos de libertad de sus habitantes, los cuales confraternizaron en 2008 con las protestas en Lhasa para ser de igual forma brutalmente reprimidos.

Peregrinos caminando la kora.

Una vez llegamos, no olvidaré la impresión al ver los peregrinos haciendo la kora (vuelta alrededor de un lugar sagrado, en este caso un monasterio, que es también una forma de meditación). Sin duda alguna, aquella fue la bocanada de atmósfera más mística que hasta la fecha he respirado. Personas de todas las edades emprenden la vuelta a cualquier hora del día, recitando mantras para sí en un ambiente cargado por el humo de la quema de ofrendas y, según el momento, acompañado por los cánticos de los monjes o el resonar de un gong en las montañas. Lo más impresionante de esta tradición son aquéllos que hacen la kora a base de postraciones completas, como si quisieran medir el perímetro de la vuelta en cuerpos. Es un ejercicio de humildad y fuerza de voluntad asombrosos. Muchos de ellos son de edad avanzada y hacen un entrenamiento que muy difícilmente podrían seguir incluso personas en buen estado físico.

Se terminaban los días y, aunque la tranquilidad encontrada nos había devuelto a la vida, no podíamos irnos de China sin visitar una de sus estrellas más brillantes: Shanghai. En 33 horas de tren (y podrían haber sido menos a mayor presupuesto), pasamos del ambiente atemporal tibetano al año 3000 de Shanghai. Del mundo sin ego al mundo donde este es lo más importante. A orillas del río Huangpu, encontramos el Bund, la zona más emblemática de la época colonial. Sus edificios encarnan la lucha que en aquel tiempo tuvieron sus propietarios por ser el más rico y famoso. Ahora, todos ellos quedan en ridículo por el nuevo campo de batalla de egos en la ribera contraria, el Pudong, la zona financiera plagada de rascacielos futuristas. Sin embargo, como una fábula budista, los edificios poco a poco se están hundiendo (literalmente) bajo su propia ilusión, ya que el Pudong se asienta sobre unas inestables ciénagas.

Mientras tanto, surgían unas cuantas preguntas. ¿Cómo es posible que tanto esa parte tibetana como Shanghai formen parte del mismo país? El sentido común se resistía a aceptar un contraste tan bestia encontrado en tan poco tiempo. ¿Puede un sólo gobierno central ser capaz de cumplir con las necesidades de uno y otro? ¿Puede proclamarse padre legítimo de los dos?

Increible Shanghai.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (y III)

Ilustración de Anna Llopis.

Ya estábamos informados que en China no es lo mismo para el cuerpo viajar en autobús que en tren, pero la realidad superó nuestras expectativas durante esas 12 horas nocturnas en el interior del exprés hacia Guilin. Para empezar, nuestra última provisión de esperanza se desvaneció cuando, buscando el número de nuestro vagón, vimos que dejábamos atrás las literas para dar paso a simples, incómodos y estrechos asientos.

Como las malas noticias siempre abundan para el que lleva mal ánimo, y yo lo llevaba durante ese inicio de noche, tuve la mala suerte que el peor elemento de las 1000 personas del tren se sentó delante mío. Primero, el buen hombre no dejaba de levantarse y chocar sus rodillas contra las mías. Después, empezó a comer mandarinas y a escupir las pielecitas encima de mis pantalones, se supone que inadvertidamente. A la vez, el humo de los cigarros de los pasajeros, mi pesadilla particular, invadía sigilosamente el ambiente del tren.

Pero lo peor estaba por llegar. A alguna hora incierta, el ente decidió quitarse los zapatos para intentar descansar un poco. En ese momento, una nube tóxica de peste tan sólida que se podía coger con la mano lo fosilizó todo. Como nos encontrábamos en una cultura extraña para nosotros, pensamos que quizás los chinos lo toleraban todo y no le dijimos nada. Nos limitamos a esconder la nariz dentro de nuestra humeada chaqueta e intentar respirar lo mínimo posible. Sin embargo, la mujer de su lado se levantó y se fue (dudo si saltó con el tren en marcha) y, acto seguido, hizo lo mismo el hombre de mi izquierda. Aprovechando la oportunidad, el susodicho decidió estirar sus patas en el asiento que había quedado libre. Como resultado, sus quesos quedaron a un palmo de mi nariz, la cual no ayudaba a mejorar la situación debido a su gran tamaño. Cuando ya estaba estudiando las cortinas para hacerme una soga y colgarme con ellas, el hombre de mi izquierda regresó y le dijo al sujeto que se pusiera los zapatos (en chino, claro). Mi alegría fue tal que casi le doy un beso en los morros, a la vez que me di cuenta de la increíble contención que pueden otorgar unos simples zapatos. Sin embargo, el individuo aún disponía de un último as en forma de cigarrillo, pero en ese momento se topó con Anna, que perdió toda barrera cultural y lingüística para hacerle entender que, por favor, se lo fumara en el espacio entre vagones. Todo hay que decirlo, el ser obedeció sin rechistar. Al fin, 12 horas y 12 tics en la cara más tarde llegamos a Guilin.

Ilustración de Anna Llopis.

Tengo que decir que esta es una de las experiencias que, ahora, recuerdo con más cariño del viaje por China. He escrito esta serie de entradas con un cierto tono de humor primermundista, porqué reír es sano, pero no hay que olvidar que lo que uno prueba en un viaje es el día a día de muchísimos otros que son tan personas y se merecen lo mismo que uno. Aunque a veces pueda parecer muy duro para los que no estamos acostumbrados, viajar en el transporte local de los países de destino es siempre una de las mejores formas para conocer la realidad del lugar. Lo recomiendo mucho. Al fin y al cabo, no es tan difícil mentalizarse para una situación con un final próximo en el tiempo y la recompensa en conocimiento y proximidad vale la pena. Los que realmente tienen motivos para quejarse son los habitantes del lugar, quienes tienen que soportar transportes horrorosos día tras día.

Ilustración de Anna Llopis.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (II)

Después de una práctica avanzada en mímica, logramos abandonar la estación con los dos billetes para Guilin en nuestras manos. Eso sí, la fecha era para la noche del día siguiente, al no quedar lugar para la que se acercaba. Por lo tanto, con la oscuridad amenazando miedo, tuvimos que buscar alojamiento en el tercer monstruo más grande de China. Costó lo suyo pero conseguimos dormir en un buen lugar. Además, la mañana siguiente nos regaló la otra personalidad de la típica y marcadísima bipolaridad de las ciudades chinas. En el caso de Guǎngzhōu, nos perdimos por las callejuelas de su increíble mercado, donde se venden mil productos y alimentos de aroma oriental. El día anterior nos había parecido imposible encontrar algo así en una ciudad de tan mala primera impresión, así que el descubrimiento nos dejó un gran sabor de boca.

El mercado de Qinping en Guǎngzhōu.

A la tarde, nos dirigimos otra vez a la estación de autobuses con mucho tiempo de antelación, conscientes que, siendo extraños en China, cualquier cosa podía pasar. Por el momento, todo iba sobre raíles. Comparando los símbolos del billete con los de las pantallas, supimos en que puerta estaba previsto que saliera nuestro autobús. Cuanto más se acercaba la hora de salida, más y más gente se iba apelotonando en la misma puerta. Demasiada para un autobús, creíamos. Por lo menos había 1000 personas. Pensamos que, como en China todo funciona a lo grande, eran capaces de tener previsto que 25 autobuses salieran a la vez para hacer el mismo recorrido.

De repente, se abrieron las compuertas y nos vimos arrollados por una fortísima corriente de gente que empujaba de forma semejante a cuando en España regalan algo. Era extraño, tanta gente en autobús… Pero no había mucho tiempo para pensar. Finalmente, el río llegó a su desembocadura y es una pena que no haya fotografías para demostrar la cara que se nos quedó cuando vimos que habíamos ido a parar a los andenes de una vía de tren.

Más o menos, la avalancha en la estación fue una cosa así.

El día del juicio final, si cuando llegue tengo dinero para pagar sus tasas, no me cansaré en defender que no fuimos tontos al equivocarnos en comprar un billete de tren en lugar de uno de bus. Declararé que no pecamos de inocentes, ni de inexpertos o ingenuos. Hacerse entender en China es una odisea y nada hacía pensar que nos hubiéramos equivocado de aquella forma. Sin embargo, como veremos en el capítulo final, la próxima semana, en ese momento tampoco sabíamos que, en realidad, más que en un tren acabábamos de entrar en el pasillo de los horrores.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (I)

China es grande. Eso todo el mundo lo sabe. Existen, pues, muchos chinos. Vaya obviedad. Ya lo sabía antes de visitar ese país, pero tan sólo poner el pie en él me dí cuenta que hasta ese momento no me habían entrado en la cabeza semejantes proporciones. En realidad, teniendo en cuenta que sólo he visitado un pedazito de China y que no he estado en su ciudad más poblada -Shanghai- ni tan sólo en la segunda -Beijing, seguro que aún no he llegado a asimilar los verdaderos números con los que tratamos.

Sí que he estado, en cambio, en la tercera ciudad más poblada de China: Guǎngzhōu, Cantón para los amigos. Esta ciudad tiene unos 13 millones de habitantes y, en sólo dos días que estuve ahí, me dio la impresión que ya los había visto a todos.

Las calles de Guǎngzhōu son una red de torrentes formados por personas dirigiéndose decididas y a paso rápido hacia algún lugar. En puntos muy distantes de la ciudad a uno le da la impresión de estar en el centro, por como es necesario tener que ir sorteando transeúntes al más puro estilo Matrix. Mires donde mires, hay muchos, muchos chinos.

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Las grandes ciudades chinas son un gran ejemplo del auténtico comunismo de este país.

Anna, mi compañera, y yo no teníamos pensado pasar ni una sola noche en Guǎngzhōu (aunque a posteriori nos ha encantado haberla conocido), pues queríamos tomar un autobús nocturno hacia Guilin. Para ello, como no, el primer paso era ir hacia la estación de autobuses.

Al igual que con las proporciones chinas, tampoco es fácil transmitir con palabras lo complicado que es moverse por libre en China sin saber ni papa de chino ni de su alfabeto. Casi el máximo inglés que te encuentras es un “Hello” (eso sí, con un sorprendente buen acento). Además, otra serie de entradas merecería la poca amabilidad al caminante que ofrecen las ciudades chinas al primer encuentro (por cierto, al contrario que su amable gente).

Resumiendo en una sola línea y sin ninguna consideración para la memoria de los que vivimos el periplo hasta encontrar la estación, diré que llegamos algo trastornados hasta las taquillas donde comprar los billetes. Sin embargo, el estado de choc se incrementó al ver como nos teníamos que enfrentar, a grosso modo, a unas 40 filas de 50 personas (2000, para los de letras) al frente de paneles con los tan bonitos como indescifrables símbolos chinos.

¿Conseguirán nuestros amigos algo tan simple como comprar dos billetes para el autobús nocturno hacia Guilin? La respuesta en el próximo capítulo de “Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren)”.

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Por suerte, aunque cuesta encontrarlos, Guǎngzhōu también sabe ofrecer rincones más tranquilos.