El Alto, la inquietud de La Paz

Cuando se trata de conocer la idiosincrasia de El Alto, quizás lo mejor es empezar poniendo el foco en La Paz, la capital comercial de Bolivia. A 3650 metros de altura, La Paz es una de las ciudades más altas del mundo. La razón por la que los conquistadores españoles decidieron asentarse en este lugar, el año 1548, fue la codicia del oro que bajaba por las aguas del río Choqueyapa. Pero el oro se fue y La Paz permaneció en su lugar, pues resultó estar situada en un punto estratégico sobre la ruta Potosí-Lima, transitada con la plata obtenida a cambio de vidas indígenas en el viejo volcán Potojsi.

La Paz tiene una ventaja para resistir mejor las inclemencias del tiempo de las alturas que habita. Está hundida en la tierra, rodeada por un lado por los espléndidos seis miles de la Cordillera Real y, por el otro, por la pared vertical del cañón formado por el río. Con este cobijo, la vida es algo más fácil.

Pues bien, El Alto se encuentra en la cima de esa pared, a más de 4000 metros de altura. Dos de los paisajes urbanos más impresionantes que he visto han sido en este lugar. Uno de ellos, la visión desde abajo de las luces nocturnas de las casas que trepan por la pared del cañón, amenazando con abalanzarse encima de uno. El otro, la panorámica de La Paz desde El Alto, tal cual hubiera sido enterrada a causa de su propia gravedad, con las majestuosas montañas al fondo.

La Paz desde El Alto

Vista de La Paz desde El Alto, con los 6.438 metros del triple pico del Illimani al fondo. Todos los derechos reservados © Jordi Busqué.

En La Paz y El Alto, la posición económica va en contradicción a la que se tiene en el mapa. Las que se suelen conocer como clases altas viven resguardadas en lo más bajo del valle, mientras que el altiplano es ocupado por cientos de miles de inmigrantes internos que han abandonado el campo (o lo hicieron sus ascendientes) en busca de las oportunidades que siempre promete la ciudad.

El Alto, sede del aeropuerto y lugar por dónde casi siempre hay que pasar para llegar a La Paz, es un lugar estratégico para el asedio de esta última. Así fue durante la rebelión indígena en 1781 de Túpac Katari y su mujer Bartolina Sisa (en recuerdo a la muerte de la cual se instituyó el Día de la Mujer Indígena). Dos veces asediaron la ciudad desde El Alto e hicieron falta tropas de Lima y Buenos Aires, además de traiciones, para sofocarla. En la bestialidad habitual de los conquistadores, como castigo ejemplar Túpac Katari fue ejecutado por desmembramiento, atando sus cuatro extremidades a los respectivos caballos, mientras que Bartolina Sisa fue violada, asesinada y también descuartizada.

El asedio se ha ido repitiendo varias veces. El último de mayor importancia fue en 2003, cuando la revolución indígena contra las políticas neoliberales logró echar al presidente Gonzalo Sánchez de Losada (Goni), al cual Estados Unidos se niega a extraditar para ser investigado sobre las muertes que entonces se produjeron. Pero incluso el gobierno de Evo Morales ha vivido esta situación. Fue en 2010, cuando se bloquearon las carreteras en protesta por unos planes que hubieran provocado el aumento del precio de la gasolina.

El Alto

Las calles de El Alto. Todos los derechos reservados © Jordi Busqué.

Por desgracia, seguro que estas situaciones se seguirán repitiendo en un país tan espectacular como lleno de desigualdades. De hecho, según dice la tradición, ya lo avisó Túpac Katari en sus últimas palabras antes de morir: Naya saparukiw jiwayapxitata, nayxarusti waranqa, waranqanakaw kut’anixa. o, traducido del Aymara, ¡A mi solo me están matando, sobre mi, miles de millones volveremos!

Tema Funeral de Tupac Katari, de Los Kjarkas.

El pasado de Potosí (y II)

Llegados a este punto las historias divergen. Unos dicen que Diego Huallpa, conocedor de la leyenda, decidió no tocar la plata. Otros afirman que quiso aliarse con un amigo suyo para explotar el negocio pero que, al surgir desavenencias entre ellos, éste explicó todo a los españoles. O quizás fuese el mismo Diego quien lo explicó.

No importa, el resultado de la historia es el mismo: los españoles se enteraron del descubrimiento y, en 1545, fundaron, al pie del Cerro Rico, lo que en un primer momento fue conocido como Villa Imperial de Carlos V. A partir de ese momento, la plata empezó a fluir a toneladas en dirección a la Casa de la Contratación de Sevilla. Desde allí, una parte era destinaba a cubrir las excentricidades de los monarcas y el resto, la gran mayoría, se esfumaba dirección a Holanda o Inglaterra, con el objetivo de pagar a los acreedores europeos de la aventura transoceánica española. La nueva ciudad creció a un ritmo vertiginoso y, tan sólo veintiocho años después de su fundación, contaba con 120.000 habitantes, los mismos que la Londres de la época. Potosí se convirtió, de largo, en la ciudad más poblada del nuevo continente, y también en una de las mayores del mundo.

Lo que siguió a aquel hallazgo fue una orgía de plata, opulencia y poder a expensas de una auténtica masacre a cuentagotas. La plata atrajo capitanes, sacerdotes y buscadores de tesoros. Casi por arte de magia apareció una enorme ciudad y una desordenada sociedad donde algunos vivían extasiados de riqueza y otros deprimidos de pobreza. Iglesias y palacios nacían de la nada tan rápido como tabernas y salones de prostitutas. La flamante ciudad se convirtió en una especie de casa del cuento de Hansel y Gretel pero de plata. En 1658, durante la celebración del Corpus Christi, las calles por dónde pasaba la procesión fueron levantadas y pavimentadas con este metal precioso.

De la nada surgió una ciudad llena de lujos. En la foto, la Casa de la Moneda.

Como suele suceder, la riqueza de unos pocos fue construida en base a la desgracia de muchos otros. Los millones de kilos de plata extraídos del Cerro Rico fueron cambiados por la vida y la muerte de millones de personas. Debido a que no habían suficientes indígenas para mantener la producción, desde África llegaron lo que, simplemente, eran considerados cargamentos de esclavos. Se calcula que, desde 1545 hasta 1825, fecha de la teórica independencia boliviana, ocho millones de personas murieron como consecuencia del trabajo con la plata en Potosí. Los mineros morían en terribles accidentes o enfermos de silicosis. En los ingenios, dónde se separaba la plata de lo que no se obtenía beneficio, los efectos tóxicos del mercurio también causaban la muerte. Con la finalidad de aumentar la productividad, en 1572 el virrey de Toledo instauró la ley de la mita. Por ésta, los mineros estaban obligados a vivir 4 meses dentro de la mina, trabajando durante turnos de 12 horas y sin ver la luz. Al salir, muchos morían como consecuencia del trabajo forzado y otros quedaban ciegos al sentir otra vez el brillo del sol.

Las minas del Cerro Rico aún son explotadas en la actualidad.

Potosí fue importante mientras tuvo plata. Las cantidades ingentes que fueron exportadas supusieron la base del crecimiento de Europa. Pero, en el siglo XVIII, casi ya no se podía obtener más y, entonces, empezó el declive de la ciudad. Poco a poco fue cayendo en el olvido hasta llegar a lo que es ahora: una sucia ciudad que aún sigue intentando vivir de lo poco que le queda a la montaña. Mientras, desagradecidos, los países adinerados la han olvidado.

El pasado de Potosí (I)

A 4090 metros sobre el nivel del mar, Potosí (en el centro-sur de Bolivia) es la ciudad más alta del mundo. Paradójicamente, también se puede afirmar que es una de las ciudades que ha tenido que vivir con la cabeza más baja a lo largo de toda la historia.

El motivo de la existencia y la desgracia de Potosí es uno mismo: la plata. Cuando a un boliviano se le pregunta sobre esta ciudad, es muy probable que junte las manos en forma de pirámide para hacer referencia al Cerro Rico, la montaña a los pies de la cual descansa. Acto seguido, quizás allane un poco la punta de los dedos para así representar como ésta ha ido disminuyendo de altura. A lo largo de los siglos, el Cerro Rico ha ido escupiendo toneladas de plata a la misma velocidad que se ha tragado las vidas de los mineros que la han trabajado.

El Cerro Rico de Potosí.

Algunos aseguran que con la plata usurpada al Cerro Rico durante el dominio español, se habría podido construir un puente para unir Potosí a España y que aún habría sobrado metal para transportar aprovechando la nueva infraestructura. Quizás sea un poco exagerado, pero lo que está claro es que las entrañas de esta montaña ayudaron decisivamente al progreso de lo qué ahora algunos llaman Occidente. Igual que pasó en otros lugares, como por ejemplo en las plantaciones tropicales, los indígenas y los esclavos traídos de África se convirtieron en un simple combustible a consumir para hacer funcionar la máquina de generar riquezas.

Cuenta la leyenda que, antes de la llegada de los españoles, el inca Huayna Cápac, enfermo, se hizo llevar a unas aguas termales que debían ayudarlo a sanar. De camino, se encontró con el Sumaj Orcko, o cerro precioso en quechua, del cual había escuchado grandes elogios dedicados a su forma cónica perfecta y a su gama de tonalidades rojizas. En aquellos tiempos, la plata y el oro que el imperio extraía no se utilizaban para comerciar sino tan sólo como ofrendas a los dioses. Las sospechas de que en el interior de aquel cerro podrían haber metales preciosos impulsó al inca a organizar una expedición con el objetivo de embellecer todavía más el Templo del Sol de Cuzco, capital del imperio inca. Pero cuando los mineros intentaron agujerear la piedra y extraer la primera veta de plata, una terrible voz, como si se tratara de un trueno, surgió de lo más profundo de debajo de sus pies: “No es para vosotros; Dios reserva estas riquezas para los que vienen de más allá”. Los incas, tomados por el pánico, huyeron y, a partir de entonces, aquella montaña pasó a ser conocida como Potojsi, que significa “explosión”.

Niños jugando en el actual Potosí.

Pero un llamero inca, de nombre Diego Huallpa, cambió el curso de la historia. Corría el año 1545 y los españoles ya hacía tiempo que habían llegado al que, para ellos, era un nuevo mundo. Como hacía siempre, Diego salió para que sus llamas, extraordinarias supervivientes capaces de aprovechar lo poco que crece a 4000 metros, se alimentaran. Aquel día, sin embargo, dos de ellas se escaparon y Diego empezó a perseguirlas. Al llegar la noche todavía no habían aparecido y, para no morir de frío, se acunó a la pared de la montaña y encendió una hoguera. Fue en aquel momento cuando la luz del fuego se reflejó en una veta de plata pura y reveló así el gran secreto escondido.

Los llanos de Mojos (y IV)

En un lugar dónde no existen las piedras ni los metales, no es de extrañar que se hayan conservado pocos restos de sus antiguos habitantes. Cuando llegaron a estas tierras los primeros colonizadores, se encontraron con grupos étnicos severamente diezmados por las epidemias que habían introducido los primeros expedicionarios europeos. Estos habitantes ya habían perdido el conocimiento del manejo del colosal sistema hídrico, capaz de transformar un entorno de inundación hostil en productivo.

Al igual que en el resto de América Latina, la peor pesadilla que podrían haber soñado los mojeños se materializó con los visitantes de más allá del Atlántico. Primero aparecieron los cazadores de esclavos y luego se instauraron las misiones jesuíticas. Éstas, eran lugares dónde los indígenas encontraban protección frente los esclavistas pero a un precio muy alto: someterse a un proceso de aculturación que tenía como objetivo hacerles olvidar sus raíces y adoptar las europeas y del cristianismo. Si bien es cierto que en ellas el indígena obtenía resguardo, también lo es que eran a la vez un chantaje, ya que debían olvidar sus dioses y su sabiduría ancestral para creer en el dios del cristianismo y aprender, por ejemplo, música barroca.

La iglesia de San Ignacio de Mojos tiene su origen en la época de los jesuitas.

Lo que vino después de la expulsión de los jesuitas de América fue algo aún peor: sacerdotes corruptos y gobernadores civiles de la misma calaña. Durante el auge del caucho en el siglo XIX, el indígena fue esclavizado. Trabajó y murió para que los coches de los países ricos pudieran lucir neumáticos.

El mojeño actual vive las consecuencias de la historia de su pueblo. Los primeros días que estuve en San Ignacio de Mojos fueron asfixiantes, no sólo por el calor de la época sino por la densa humareda que lo envolvía todo. Era el tiempo del chaqueo, la quema de hectareas de pampa para regenerar, sobretodo, pasto para el ganado. La quema es muchas veces incontrolada y tiene resultados desastrosos, destruyendo también el monte y dejando atrapados en una cárcel de fuego a muchos animales que acaban también ardiendo, causando un daño irreparable al ecosistema.

Durante el chaqueo se queman hectáreas de pampa y de monte.

Las tierras de Mojos están en manos de unos pocos latifundistas que se dedican a la explotación vacuna. Antes de la llegada de los jesuitas, la principal forma de aprovechamiento del entorno seguía siendo la agricultura. Fueron ellos los que introdujeron la ganadería, la principal actividad económica en la actualidad. Este modo de producción no tiene ningún sentido en Mojos, ya que los malos pastos y las inundaciones causan una ridícula producción de tan sólo 11 kilos de carne por hectárea al año. En época de lluvias, no es extraño ver desde el aire vacas literalmente con el agua al cuello, refugiadas en los restos de los antiguos terraplenes. La agricultura ha quedado reducida a pequeños campos de 1 o 2 hectáreas llamados chacos y que trabajan los campesinos.

La agricultura se practica a pequeña escala en los chacos de los campesinos.

A lo largo de los años, a los mojeños se les ha impuesto un modo de vida que no ha nacido para su medio natural. En el presente, el asfalto de la capital del Beni, Trinidad, hace aún más asfixiante el calor tropical. Los canales de navegación han quedado en desuso, cubiertos de vegetación o cortados por carreteras que en época de lluvias son imposibles de transitar.

Pero lo peor es la falta de seguridad que se ha ido incrustando en el carácter de los mojeños, acostumbrados desde siglos a que les digan lo que deben de hacer. Vinieron los jesuitas y les dijeron que eso en lo que creían no era cierto, que el único Dios era el suyo. Les hicieron olvidar casi por completo su cultura y construir violines para tocar música barroca y renacentista. Después, otras personas les obligaron a trabajar como esclavos.

Aún perduran muestras de la cultura originaria, como en el caso de los Macheteros.

De esta forma, el mojeño se ha acostumbrado a resistir y a no tener iniciativa propia. Si alrededor del 90% de ellos vive en la pobreza no es porqué no sepan hacer nada para evitarlo, sino porqué se les ha enseñado que ellos no saben hacer nada para evitarlo. Siempre deben ser otras cabezas pensantes las que tomen las decisiones. En cambio, en los talleres que se impartían en la Biblioteca Pública de San Ignacio de Mojos, los niños, que aún no han tenido tiempo de aceptar ese papel, nos sorprendían cada día a los que ahí trabajábamos con una gran iniciativa y ganas de aprender que luego se pierden en la población de más edad.

Los llanos de Mojos (III)

Los llanos de Mojos han sido siempre una zona muy poco conocida debido a la falta de infraestructuras terrestres y a las inundaciones que sufre cada año. La aviación no llegó hasta la década de los 50, de la mano de compañías petroleras en busca de nuevos yacimientos que explotar. Un ingeniero texano de esa industria, Kenneth Lee, descubrió en 1957, durante un vuelo en avioneta desde Trinidad hacia más allá de San Ignacio, unos perfiles tan sólo visibles desde las alturas y que se cree que pueden ser los restos de campos de cultivo elevados. Impresionado, Kenneth Lee dejó la industria petrolera para dedicarse por completo al estudio de lo que, poco a poco, se fue revelando como posibles restos de una antigua civilización que habría girado en torno al agua. En mi opinión, Lee tomó la decisión más sabia de su vida al cambiar petroleo por agua.

Los estudios de Lee y de otros, como William Denevan o la ONG Centro de Estudios Amazónicos (CEA) (enlace con mucha información), parecen demostrar que los antiguos habitantes de Mojos habrían construido una gigantesca obra hídrica con el objetivo de transformar un entorno hostil en habitable, utilizando técnicas para transferir la fertilidad de las aguas al suelo. Con este fin, habrían movido toneladas de tierra para crear un sistema formado por varios elementos: lomas, campos de cultivo elevados, canales, lagunas y diques.

Existe un potencial de conocimiento enorme por descubrir en los yacimientos arqueológicos por descubrir en Mojos.

Es imposible entender cómo habría funcionado este complejo hídrico si no se considera en todo su conjunto y se establecen sus relaciones. Ya hemos visto la existencia de miles de lomas (60.000km2, según CEA) que quedan a salvo de las inundaciones anuales. Al igual que ahora, en estas lomas es dónde habrían habitado los antiguos pobladores, y así lo demuestran la gran cantidad de yacimientos arqueológicos que se encuentran en ellas. Durante mi estancia en Mojos, unas obras en una vivienda revelaron unas vasijas funerarias que escondían unos esqueletos. Por desgracia, los trabajadores de la obra las habían destrozado en busca de las míticas cantidades de oro que en Mojos se cree que acompañan estas tumbas.

Los campos de cultivo elevados que descubrió Lee se encuentran rodeados por un gran número de canales, los cuales habrían servido para almacenar agua para ellos y para hacer crecer el tarope, una increíble planta acuática la cual, gracias a su absorción de la materia orgánica, es capaz de mejorar en gran cantidad la producción de una cosecha.

Otros canales habrían sido utilizados como vía de comunicación. Estos presentan un trazado este-oeste perpendicular a la dirección sur-norte de la mayoría los ríos que cruzan los llanos de Mojos.

Las lagunas de Mojos son ahora lugares dónde pasar mejor el sofocante calor. En la imagen la laguna Isireri de San Ignacio.

Los canales podrían ser utilizados también para alimentar una de las obras más impresionantes de Mojos: los centenares de lagunas artificiales existentes, muchas de las cuales de forma rectangular, orientadas en dirección suroeste-noreste y de fondo poco profundo y uniforme. Al terminar la época húmeda, los alevines de los peces -que con las lluvias escapan del curso de los ríos y quedan esparcidos por la pampa a salvo de muchos de sus depredadores- se perderían entre el laberinto de canales para, en lugar de volver a hallar el río, encontrarse finalmente con estas lagunas que se convertirían en un valioso aporte de proteínas para el ser humano.

Imagen satélite en la que se puede comprobar la caprichosa forma de las lagunas de Mojos. Puedes desplazarte con el cursor sobre el mapa para ver muchos más casos.

Por último, miles de kilómetros de diques o terraplenes habrían servido como contención y conducción para manejar los cursos de las aguas y llevarlos a los centros de producción (es decir, los campos elevados y las lagunas).

Por lo tanto, estos estudios (y otros relacionados en otros lugares de sudamérica) desmentirían la teoría durante mucho tiempo aceptada de que las tierras amazónicas no podían haber sustentado a una gran cantidad de habitantes debido a que sus suelos compactos y pobres en nutrientes no son buenos para la agricultura. Se creía que las sociedades que los habitaron en tiempos remotos no podrían haber estado compuestas más que por cazadores-recolectores, pero estas pruebas (y otras relacionadas en otros lugares de Sudamérica) demostrarían la existencia de una sociedad con el alto grado de organización necesario para construir unas obras tan colosales.

En la próxima entrada veremos cómo esa civilización desapareció sin dejar casi ni rastro y cómo la llegada de los colonizadores cambió y destrozó el entorno y los modos de producción de los llanos de Mojos, influyendo aún en la actualidad en el carácter de los mojeños.

Completa entrevista con Josep Barba, presidente de la ONG Centro de Estudios Amazónicos.