¿Qué queda de ti si te quitan la cultura?

Hace unos días que he vuelto de un viaje un poco largo. Dos meses y medio por el sur-este asiático. He pisado siete países o regiones autónomas que, pese a que la evolución del mundo está allanando todas las diferencias, tienen aún culturas bastante distintas a la nuestra.

Siempre que regreso de un viaje así, los primeros días estoy algo descolocado. Caminando por las calles de la ciudad que siempre he sentido como mía, Barcelona, no puedo evitar sentirme extraño, ajeno a lo que veo y, en un sentido, diferente al resto de mis conciudadanos.

Me siento como un viajero en mi propia casa. Al igual que cuando piso por primera vez un país extranjero, me cuesta distinguir los matices. Todas las personas me parecen iguales, cortadas por el mismo patrón. Como si todas tuvieran la misma personalidad.

La palabra personalidad viene de persona, que en latín significa máscara y hace referencia a la costumbre que los actores romanos adoptaron de los griegos de salir a escena con la cara cubierta. A través (per) de la máscara el actor hacía sonar (sonat) su papel. En China todo el mundo camina rápidamente, habla fuerte y come arroz. En Barcelona todos utilizan las mismas palabras para un momento determinado, sujetan la cerveza de una forma particular y quieren comprar el mismo producto. Al final, nos creemos nuestro papel.

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Arroz chino, por Anna Llopis.

Entonces, esta persona que veo en Barcelona, tan igual al resto para mis ojos, si hubiera nacido en China, ¿sería entonces patrón 100% chino?

¿Qué queda de nosotros si nos quitan nuestra cultura? ¿Cuál es nuestra parte invariable que es igual tanto si nacemos en Barcelona como en China? ¿En qué medida esta parte invariable es igual a las partes invariables de los demás? Dirigirse hacia el conocimiento de este lugar interior es el viaje más emocionante que se puede emprender jamás.

Guiri de Barcelona

¡Qué lejos queda ahora la oficina! Ahí, entre la rutina de los últimos 15 años, te sientes seguro. En ella sientes que has crecido y en ella sabes qué hacer en todo momento. Cuando alargar la mano para coger la grapadora, cuando hacer pasar dentro el cliente preocupado por sus ahorros. En qué momento salir con pecho y barriga hinchados a fumar un cigarrillo, con los ojos medio cerrados del orgullo de saber que nada se te escapa. Todo lo conoces, no hay lugar a la sorpresa. Mientras dura el tabaco, como decía Víctor Jara, la Vida es eterna a cada minuto. Pero no de amor, sino de costumbre, seguridad y complacencia.

Te recuerdo Amanda, de Víctor Jara.

¡Qué torpe se te ve ahora! Qué pasos tan poco convencidos que das. Tu mujer, eterna compañera, al lado. Intentas mostrarte seguro como siempre, sin embargo no es fácil, muchas cosas te desconciertan. Alternas la mirada a la guía que llevas abierta entre las manos con vistazos a los edificios que hay alrededor. Te preguntas, ¿qué tengo que hacer para que mi visita a Barcelona se considere bien hecha, para no haber fracasado como nunca hago en mi trabajo? Supongo que tengo que visitar esto, esto y esto. ¿Es aquí? No, es un poco más allá. Aquí, sí, aquí es. Saco la cámara. Foto a la placa del Museo Picasso. Ya está. Misión cumplida. ¿Porqué siento que falta algo?

La camisa recorre de forma ceñida la curva de la felicidad que te has ganado con los laboriosos años de trabajo. Los pantalones cortos dejan ver tus piernas desiertas por los tobillos de tantos años de calcetines de seda. No lo quieres pensar pero te pasa como a todos. Una vez toda esta ropa está fuera, sólo queda una personita indefensa que, como todos, no va a durar para siempre. Que se aferra a lo que es, cuando, en realidad, no tiene el control de nada. Una buena persona, pero que no sabe que lo es.

Ilustración por Anna Llopis.