Chúc Mừng Năm Mới (o ¡¡feliz año nuevo!!) (y II)

¿Te imaginas estar celebrando la Navidad, reunido con tu familia, y de forma imprevista invitar a los turrones y al cava a dos turistas que pasan por delante de tu casa? Creo que, en general, nos hemos convertido en una sociedad demasiado cerrada para estas improvisaciones. Pero eso es precisamente lo que nos pasó a Anna y a mi cuando paseábamos por la calles de Kon Tum.

En cuanto la mujer nos invita a pasar, nos encontramos a toda una cuadrilla sentada en el suelo alrededor de una alfombra llena de vasos y platos vacíos. Resulta que ya han comido, pero rápidamente nos ofrecen galletas, una especia de pepino frito y bolas de arroz. Ahora bien, parece que lo que la familia más nos estaba reservando es el beber.

Primero una y luego otra, nos traen dos cervezas a cada uno que vamos tomando con interrupciones constantes al grito de yuuuuuu!!! (una especia de ¡salud! en vietnamita). Eso es solo el preámbulo para lo que se viene. No sabemos de donde, sacan un jarro enorme lleno de algo alcohólico y se empieza el típico juego en el que todo el mundo debe beber (el equivalente al duro, vamos). En este caso, el juego consiste en beber de una larga paja hasta el punto en el que se rebase el nivel marcado por un palito de madera vertical que cuelga de otro horizontal, reposando este último en los bordes de la boca del jarro. Una vez logrado, se vuelve a llenar con limonada y se pasa al de más a la derecha. Aunque somos unas 15 personas, por algún misterio de las matemáticas vietnamitas a Anna y a mi nos toca beber cada 2 o 3 veces.

El duro de Vietnam.

Poco acostumbrados al arte del morapio, acabamos por bailar y cantar un mix inspirado en nuestras ricas raíces culturales: el himno del Barça, els Segadors, l’Estaca, la macarena y el aserejé. A la vez, aplaudimos sus canciones, tan fervientes como las nuestras. Para rematarlo, bailamos una conga que recorre su salón y sale hasta el patio. No quiero saber que pensarían los vecinos.

Tanto líquido y tan poca costumbre, nos es necesario acudir al baño a menudo. Nos indican que es al final de la casa, pero vamos sólos hacia él. Es diferente a lo que nos hemos ido encontrando. Normalmente se trata de un agujero bien redondo en el suelo de tierra, pero en este caso es de diámetro más pequeño y está tocando a la pared. Bueno, como hay un grifo al lado suponemos que con el agua hacen que se marche todo. Tranquilidad. Pero en una de nuestras varias idas y venidas de necesidad, uno de los miembros de la familia nos ve (las paredes no llegan hasta el techo) y se ríe haciéndonos señas de que no es ahí donde se supone que debemos estar. De repente, comprendemos que nos hemos estado meando en la ducha de nuestros anfitriones, algo que podríamos considerar de muy mala educación. Entre el hecho en si y la alegría de los yuuuuus, el ataque de risa es tal que nos duelen un buen rato las costillas.

Ese día me hace pensar en la clasista y condescendiente campaña siente a un pobre en su mesa que, en los años cincuenta, la dictadura franquista promovió para las navidades. El objetivo era limpiar conciencias burguesas y disfrazar el brutal régimen con un traslúcido vestido de caridad cristiana. Al contrario, para nuestros amigos vietnamitas, debido a la ilusión que despierta Occidente, fue una especie de siente a dos ricos en su mesa, y eso sí tiene un verdadero mérito.

Fueron unas cuantas horas. En ellas no pudimos comunicarnos más que por señas. Logramos preguntarnos los nombres, brindar, establecer sus parentescos familiares y poco más. Sin embargo, cuando las buenas intenciones son las que mandan, nada más se necesita para acercarse a otra persona. Gracias por invitarnos.

Los nuestros.

Chúc Mừng Năm Mới (o ¡¡feliz año nuevo!!) (I)

El año pasado tuve la gran suerte de celebrar el año nuevo dos veces. No, no aproveché el cambio de huso horario en dos países fronterizos. Tampoco lo celebré una primera vez y tomé a continuación un avión que me llevara en una carrera hacia el oeste para avanzar de nuevo a la noche. Con más calma, lo celebré primero el día 31 de diciembre en mi casa y, después, el 10 de febrero en Vietnam.

Claro, se trata de dos años nuevos diferentes. El primero, el 2013 del calendario gregoriano. El segundo, un nuevo año de la serpiente en el calendario vietnamita, muy parecido al chino. El Têt, como se conoce esta celebración, es una locura colectiva que periódicamente se espera entre finales de enero y principios de febrero y que dura cerca de una semana. Es la gran fiesta del año. Para que nos entendamos, es como una Navidad, año nuevo y los cumpleaños de toda la población a la vez. Muchos vietnamitas cuentan su edad como têts vividos. Durante estos días, las penurias del año anterior se olvidan. Desde ahí donde estés, vuelves a tu pueblo de origen para celebrarlo con tu familia, agarrándote a la esperanza de que el año próximo será mejor.

El año nuevo en Vietnam lleva con él un sinfín de costumbres y tradiciones. Ilustración por Anna Llopis.

Por fin, 10 de febrero. De todos ellos, el día más señalado. Anna, mi compañera, y yo estamos en Kon Tum, una ciudad poco turística del interior montañoso del país. Es la hora de comer y estamos paseando por las calles desoladas propias de un día en el que todo el mundo se reúne con la familia. De pronto, de una de las casas anónimas una mujer nos llama y nos hace con la mano para que nos acerquemos. Intrigados, vamos para allá. Nos invita a pasar y desaparecemos del gris impersonal de las calles solitarias para adentrarnos en la proximidad de la celebración de las fiestas con los que, de repente, se convierten en los nuestros de Vietnam.

Mucho se ha hablado de los dos Vietnam, de la diferencia que aún se nota entre el norte comunista y el sur capitalista. Seguro que aún están pero, como visitantes ocasionales, la diferencia más exagerada que se puede percibir no es entre el Vietnam del Norte y el Vietnam del Sur sino entre el turístico y el no turístico.

En muchos lugares del mundo se ha pervertido totalmente la interacción que pueden llevar a cabo un forastero y un autóctono, sobre todo si ésta es breve. Entre unos cuantos turistas prepotentes que se saben seguros de poder lograr lo que quieran con su dinero, y unos cuantos locales deseosos de recoger de allí donde puedan, cualquiera de los dos que quiera salirse de estos papeles preconcebidos no lo tendrá nada fácil. Sin embargo, en la mayoría de lugares, tan sólo con saltarse la primera línea de contención estos vicios desaparecen. Pero en unos pocos sitios no basta con eso y hay que tener cuidado con el precio incluso cuando se compra una botella de agua en una pequeña parada no céntrica. Vietnam tiene lugares de estos, como Hoi An, allí de dónde veníamos antes de llegar a Kon Tum. En cambio, el Vietnam no turístico es totalmente diferente. Tranquilidad. Miradas risueñas y nerviosas, mucha humildad. La humildad, que siempre va ligada con la dignidad.

Las casas de Hoi An son preciosas, pero es un lugar saturado de turismo. Ilustración de Anna Llopis.

En la próxima entrada explicaremos qué puede pasar para que dos catalanes más bien tímidos terminen bailando la macarena con una familia vietnamita a la que acaban de conocer.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (y III)

Ilustración de Anna Llopis.

Ya estábamos informados que en China no es lo mismo para el cuerpo viajar en autobús que en tren, pero la realidad superó nuestras expectativas durante esas 12 horas nocturnas en el interior del exprés hacia Guilin. Para empezar, nuestra última provisión de esperanza se desvaneció cuando, buscando el número de nuestro vagón, vimos que dejábamos atrás las literas para dar paso a simples, incómodos y estrechos asientos.

Como las malas noticias siempre abundan para el que lleva mal ánimo, y yo lo llevaba durante ese inicio de noche, tuve la mala suerte que el peor elemento de las 1000 personas del tren se sentó delante mío. Primero, el buen hombre no dejaba de levantarse y chocar sus rodillas contra las mías. Después, empezó a comer mandarinas y a escupir las pielecitas encima de mis pantalones, se supone que inadvertidamente. A la vez, el humo de los cigarros de los pasajeros, mi pesadilla particular, invadía sigilosamente el ambiente del tren.

Pero lo peor estaba por llegar. A alguna hora incierta, el ente decidió quitarse los zapatos para intentar descansar un poco. En ese momento, una nube tóxica de peste tan sólida que se podía coger con la mano lo fosilizó todo. Como nos encontrábamos en una cultura extraña para nosotros, pensamos que quizás los chinos lo toleraban todo y no le dijimos nada. Nos limitamos a esconder la nariz dentro de nuestra humeada chaqueta e intentar respirar lo mínimo posible. Sin embargo, la mujer de su lado se levantó y se fue (dudo si saltó con el tren en marcha) y, acto seguido, hizo lo mismo el hombre de mi izquierda. Aprovechando la oportunidad, el susodicho decidió estirar sus patas en el asiento que había quedado libre. Como resultado, sus quesos quedaron a un palmo de mi nariz, la cual no ayudaba a mejorar la situación debido a su gran tamaño. Cuando ya estaba estudiando las cortinas para hacerme una soga y colgarme con ellas, el hombre de mi izquierda regresó y le dijo al sujeto que se pusiera los zapatos (en chino, claro). Mi alegría fue tal que casi le doy un beso en los morros, a la vez que me di cuenta de la increíble contención que pueden otorgar unos simples zapatos. Sin embargo, el individuo aún disponía de un último as en forma de cigarrillo, pero en ese momento se topó con Anna, que perdió toda barrera cultural y lingüística para hacerle entender que, por favor, se lo fumara en el espacio entre vagones. Todo hay que decirlo, el ser obedeció sin rechistar. Al fin, 12 horas y 12 tics en la cara más tarde llegamos a Guilin.

Ilustración de Anna Llopis.

Tengo que decir que esta es una de las experiencias que, ahora, recuerdo con más cariño del viaje por China. He escrito esta serie de entradas con un cierto tono de humor primermundista, porqué reír es sano, pero no hay que olvidar que lo que uno prueba en un viaje es el día a día de muchísimos otros que son tan personas y se merecen lo mismo que uno. Aunque a veces pueda parecer muy duro para los que no estamos acostumbrados, viajar en el transporte local de los países de destino es siempre una de las mejores formas para conocer la realidad del lugar. Lo recomiendo mucho. Al fin y al cabo, no es tan difícil mentalizarse para una situación con un final próximo en el tiempo y la recompensa en conocimiento y proximidad vale la pena. Los que realmente tienen motivos para quejarse son los habitantes del lugar, quienes tienen que soportar transportes horrorosos día tras día.

Ilustración de Anna Llopis.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (II)

Después de una práctica avanzada en mímica, logramos abandonar la estación con los dos billetes para Guilin en nuestras manos. Eso sí, la fecha era para la noche del día siguiente, al no quedar lugar para la que se acercaba. Por lo tanto, con la oscuridad amenazando miedo, tuvimos que buscar alojamiento en el tercer monstruo más grande de China. Costó lo suyo pero conseguimos dormir en un buen lugar. Además, la mañana siguiente nos regaló la otra personalidad de la típica y marcadísima bipolaridad de las ciudades chinas. En el caso de Guǎngzhōu, nos perdimos por las callejuelas de su increíble mercado, donde se venden mil productos y alimentos de aroma oriental. El día anterior nos había parecido imposible encontrar algo así en una ciudad de tan mala primera impresión, así que el descubrimiento nos dejó un gran sabor de boca.

El mercado de Qinping en Guǎngzhōu.

A la tarde, nos dirigimos otra vez a la estación de autobuses con mucho tiempo de antelación, conscientes que, siendo extraños en China, cualquier cosa podía pasar. Por el momento, todo iba sobre raíles. Comparando los símbolos del billete con los de las pantallas, supimos en que puerta estaba previsto que saliera nuestro autobús. Cuanto más se acercaba la hora de salida, más y más gente se iba apelotonando en la misma puerta. Demasiada para un autobús, creíamos. Por lo menos había 1000 personas. Pensamos que, como en China todo funciona a lo grande, eran capaces de tener previsto que 25 autobuses salieran a la vez para hacer el mismo recorrido.

De repente, se abrieron las compuertas y nos vimos arrollados por una fortísima corriente de gente que empujaba de forma semejante a cuando en España regalan algo. Era extraño, tanta gente en autobús… Pero no había mucho tiempo para pensar. Finalmente, el río llegó a su desembocadura y es una pena que no haya fotografías para demostrar la cara que se nos quedó cuando vimos que habíamos ido a parar a los andenes de una vía de tren.

Más o menos, la avalancha en la estación fue una cosa así.

El día del juicio final, si cuando llegue tengo dinero para pagar sus tasas, no me cansaré en defender que no fuimos tontos al equivocarnos en comprar un billete de tren en lugar de uno de bus. Declararé que no pecamos de inocentes, ni de inexpertos o ingenuos. Hacerse entender en China es una odisea y nada hacía pensar que nos hubiéramos equivocado de aquella forma. Sin embargo, como veremos en el capítulo final, la próxima semana, en ese momento tampoco sabíamos que, en realidad, más que en un tren acabábamos de entrar en el pasillo de los horrores.

Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren) (I)

China es grande. Eso todo el mundo lo sabe. Existen, pues, muchos chinos. Vaya obviedad. Ya lo sabía antes de visitar ese país, pero tan sólo poner el pie en él me dí cuenta que hasta ese momento no me habían entrado en la cabeza semejantes proporciones. En realidad, teniendo en cuenta que sólo he visitado un pedazito de China y que no he estado en su ciudad más poblada -Shanghai- ni tan sólo en la segunda -Beijing, seguro que aún no he llegado a asimilar los verdaderos números con los que tratamos.

Sí que he estado, en cambio, en la tercera ciudad más poblada de China: Guǎngzhōu, Cantón para los amigos. Esta ciudad tiene unos 13 millones de habitantes y, en sólo dos días que estuve ahí, me dio la impresión que ya los había visto a todos.

Las calles de Guǎngzhōu son una red de torrentes formados por personas dirigiéndose decididas y a paso rápido hacia algún lugar. En puntos muy distantes de la ciudad a uno le da la impresión de estar en el centro, por como es necesario tener que ir sorteando transeúntes al más puro estilo Matrix. Mires donde mires, hay muchos, muchos chinos.

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Las grandes ciudades chinas son un gran ejemplo del auténtico comunismo de este país.

Anna, mi compañera, y yo no teníamos pensado pasar ni una sola noche en Guǎngzhōu (aunque a posteriori nos ha encantado haberla conocido), pues queríamos tomar un autobús nocturno hacia Guilin. Para ello, como no, el primer paso era ir hacia la estación de autobuses.

Al igual que con las proporciones chinas, tampoco es fácil transmitir con palabras lo complicado que es moverse por libre en China sin saber ni papa de chino ni de su alfabeto. Casi el máximo inglés que te encuentras es un “Hello” (eso sí, con un sorprendente buen acento). Además, otra serie de entradas merecería la poca amabilidad al caminante que ofrecen las ciudades chinas al primer encuentro (por cierto, al contrario que su amable gente).

Resumiendo en una sola línea y sin ninguna consideración para la memoria de los que vivimos el periplo hasta encontrar la estación, diré que llegamos algo trastornados hasta las taquillas donde comprar los billetes. Sin embargo, el estado de choc se incrementó al ver como nos teníamos que enfrentar, a grosso modo, a unas 40 filas de 50 personas (2000, para los de letras) al frente de paneles con los tan bonitos como indescifrables símbolos chinos.

¿Conseguirán nuestros amigos algo tan simple como comprar dos billetes para el autobús nocturno hacia Guilin? La respuesta en el próximo capítulo de “Mucho chino en China (o el misterio del autobús en forma de tren)”.

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Por suerte, aunque cuesta encontrarlos, Guǎngzhōu también sabe ofrecer rincones más tranquilos.