Tu y yo somos cómplices de asesinato

La última semana a los grandes medios les pasó inadvertida la publicación de un nuevo decreto ley contra el paro. Según este, a partir de ahora, toda persona que se encuentre sin trabajo podrá ser detenida por la policía y privada de su libertad en unos centros que serán construidos especialmente para este fin. Estas cárceles estarán rodeadas de altas vallas con cuchillas y vigiladas por un cuerpo especial de policía al cual, de forma excepcional, no le serán aplicadas las leyes españolas con tal que así puedan utilizar cualquier medida para evitar que los internos escapen.

Si la noticia del párrafo anterior fuera cierta, quiero pensar que nuestra sociedad no lo permitiría. Se convocarían protestas en todas las ciudades contra la brutalidad de la ley, se escribirían un montón de artículos clamando al cielo… El gobierno, aunque solo fuera por el miedo a perder votos, se vería obligado a retirar la medida y se podría ver forzado a dimitir debido a las presiones internas e internacionales.

Entonces, ¿por qué está pasando ya algo terriblemente parecido en Melilla y en el resto de la frontera con África? ¿Cuáles pueden ser las razones por las que permitimos que miles de jóvenes que no han cometido ningún delito sean privados de libertad, apaleados y muchos mueran por el simple hecho de buscar un futuro mejor?

¿Legalismo? No creo que la razón de fondo sea la asunción miope de que, para vivir en un país, hacen falta papeles. Las leyes deben ser hechas para el hombre y no contra él. Además, en cualquier caso, el decreto sobre los parados también se hubiera convertido en ley injusta pero la hubiéramos tumbado.

¿Miedo? Sí, seguramente hay bastante de eso. Nos invaden. Nos vamos a quedar sin trabajo. Miedo suele ser sinónimo de ignorancia. Para empezar, sin trabajo ya nos hemos quedado y el culpable no ha sido la inmigración. El argumento de la invasión cae por su propio peso. Excepto unos pocos aventureros, muy poca gente en el mundo abandona su hogar si no es impulsado por la necesidad de ganarse la vida. Ya va siendo hora de darse cuenta que hay que empezar a repartir, a dejar de vivir a costa de otros. Si en el mundo hay para todos pero solo lo disfrutamos unos poquísimos, y lo hacemos a través de la extorsión, está claro que la justicia no está de nuestra parte.

Creo que el motivo principal de la impasividad frente al crimen en vallas y pateras es la falta de identificación con los jóvenes que intentan llegar hasta aquí. Con los parados, que somos nosotros mismos o alguien muy cercano, nos vemos mucho más reflejados que con un tío de Guinea-Bissau. Para empezar son negros. O sea, diferentes; otros. ¿Qué sabemos de sus países? Entre poco y nada. Tienen que ser muy diferentes a nosotros. Casi tanto como lo es un animal.

Existe un experimento realizado en el año 1963 y que muestra de forma tenebrosa hasta que punto el grado de empatía que sentimos hacia una persona nos hace tolerar su dolor, incluso si somos nosotros mismos quienes lo infligimos. En el experimento Milgram, un voluntario es incitado por parte del experimentador a someter descargas eléctricas progresivamente más fuertes a otro participante cada vez que este comete errores en un ejercicio de memoria. El participante que recibe las descargas es un actor y, en realidad, no sufre ningún daño, pero eso no lo sabe el voluntario. Aunque el objetivo principal del experimento es explicar como la mayoría de personas son capaces de hacer cosas horribles por obediencia debida (el 65% de los voluntarios aplicaron la descarga máxima de 450 voltios, cuando ya hacia rato que el actor fingía estar inconsciente), los resultados también mostraron que cuanto más identificado socialmente se sentía el voluntario con el actor, menos proclive era a someterle a las descargas.

Las personas que intentan llegar aquí y son golpeadas, violadas, o mueren en el desierto, el mar o a los pies de una valla, son como tú y como yo. No solo eso, son los mejores representantes de sus sociedades, los más válidos, pues hace falta ser joven y emprendedor para atreverse a eso. La desgracia de sus países de origen es doble, ya que a la desestructuración crónica se le suma la fuga de cerebros que, ironía, aquí no dejamos entrar.

A los gobernantes de allá ya les va bien la situación, pues es una vía de escape para gente que, de otra forma, iniciaría protestas internas. Pero las responsabilidades vienen sobretodo de este lado. Recordemos que primero los esclavizamos para obligarles a construir nuestro progreso, luego les otorgamos una independencia de papel mojado que sirve de excusa para volver a esclavizar sólo un poco más sutilmente, gracias a dictadores amigos y políticas de secuestro. ¿Ahora que hemos destruido sus sociedades ya no queremos que entren?

Superar este bache de indiferencia es realmente sencillo. Sólo hay que hacer un pequeñísimo esfuerzo mental. Para empezar hay que preguntarse, ¿haríamos nosotros lo mismo? Ponte que eres tú, y que naces en un lugar que en muchas cosas es más un infierno que un país, sin ninguna posibilidad de cambiar. ¿No intentarías emigrar? Si la respuesta es sí pero aún así quieres que se evite la entrada de los inmigrantes, la única justificación que puedes esgrimir es el egoísmo. Así que aceptalo y no intentes colar falsos argumentos si hablas sobre este tema. Pregúntate también si quieres ser egoísta toda la vida. Además, ¿no somos ahora, otra vez, un pueblo emigrante? ¿Como puede un pueblo emigrante negarle a otro el mismo derecho que a él se otorga?

Gorom-Gorom y la vida inabarcable

Gorom-Gorom se encuentra ubicada en la esquina norte de Burkina Faso. Ahí dónde el país es golpeado in-extremis por el cinturón del Sahel, el cual acompaña la transcisión del desierto del Sáhara a la sabana y se extiende desde el Oceano Atlántico al Mar Rojo. Su nombre, en una de las lenguas Songhai, significa “Sentémonos. Vamos a sentarnos.” Supuestamente, eso fue lo que se dijeron dos hermanos que hace unos cuantos siglos viajaban por esta zona.

¡Vaya si dan ganas de sentarse una vez se llega a Gorom-Gorom! Está unida por 56 km de ruta a Dori, pero estos se encuentran en tan mal estado que el trayecto puede durar hasta dos agotadoras y calurosas horas (cerca de los 50 grados en verano). Lo mejor que uno puede hacer al apearse es, realmente, sentarse un buen rato en la primera sombra que se pueda conseguir para preparar el espíritu y disponerlo a conocer uno de los mercados más animados de esta parte de África.

A Gorom-Gorom hay que llegar en jueves, día del mercado, pues es entonces cuando se convierte en un centro de gravedad que atrae a personas provenientes de todos los puntos cercanos y no tan cercanos. Gorom-Gorom se convierte en una mezcla de un montón de grupos étnicos, individuos que llevan en sus genes una apasionante historia del África Occidental. Los esbeltos Fulani llegan para vender su ganado, los Tuareg venidos del desierto, sus ex-esclavos (o por desgracia no tan ex) Bellas, los Songhai…

Mercado de Gorom-Gorom

Venta de ganado en mercado de Gorom-Gorom

En estas situaciones es cuando de repente me da tanta rabia que una vida sea tan corta. En tan poco tiempo se hace imposible conocer tantas cosas. En el mercado de Gorom-Gorom es posible ir tirando de un hilo infinito que depara cada vez más sorpresas. Hablando de los Songhai podemos conocer el que fue su imperio, el más grande que el África Occidental haya albergado. De ahí nos podemos concentrar en su capital, Gao, en una parte remota del actual Mali. Gao está cerca de Timbuktú, legendaria como punto de encuentro entre culturas. De los Tuareg al impresionante Sáhara. De los Fulani a la estética africana. Y dentro de cada uno de los presentes en el mercado una vida igual de infinita. Pero en algun momento hay que darse cuenta de cual es la realidad. Se debe vivir la vida aprovechando el infinitesimal que se nos descubre, aceptando que las ansias sólo disminuyen esa pequeña porción del pastel delicioso que probamos. Huir de las traicioneras prisas para ocuparse de los minutos y dejar que sean ellos los que se ocupen de las horas. Tal como leí en algun lugar que no recuerdo, quizás es que lo hice con poco tiempo.

Los calores de África

Hace un par de años, tuve la oportunidad de probar un sorbo de la apasionante y casi inabarcable cultura del África subsahariana. Fijaos que me dejo llevar por la tradición simplificadora europea de aglutinar toda la cultura de aquel continente en una sola, cuando en realidad lo que tuve la suerte de conocer fue tan sólo una pequeña parte de la cultura de dos países, Burkina Faso y Mali, mientras que sigo nadando en la más completa ignorancia con respecto del resto de territorio.

De lejos, ese fue el viaje más cansador que he hecho jamás. Viajar a Mali y Burkina Faso supuso un salto de varios escalones en cuanto a la dificultad lógica que conlleva viajar por cuenta propia, utilizando los mismos medios de transporte que la población local. La tremenda calor hacía del paso del día un suplicio, acrecentado por el hecho que iba acompañado de largos trayectos por carreteras llenas de baches, muchas veces en camionetas hacinadas de gente hasta lo imposible, y siempre respirando y tragando la arena roja que lo cubre todo. Llegado al ecuador del viaje, me sorprendió el ataque de hambre más feroz que jamás haya tenido, pues el sofoco escondía de forma eficaz el hambre latente y hacía que comiera muy poco.

Camión en Djenné, Mali.

Yo, enclenque europeo, con un horizonte bien definido de vuelta a las que en esos momentos se me revelaban como obscenas pero deseadas comodidades del “primer mundo”, estaba al límite de mis fuerzas. Mientras tanto, los burkineses y los malienses seguían como si nada envueltos en su día a día, sin agua embotellada ni pastillas anti-malaria, y muchos de ellos conociendo el hambre de verdad.

Por eso y por mil cosas más, me indigna ver como muchas veces son tratados en los países ricos las personas llegadas del África subsahariana. Le puedo asegurar a cualquiera que, en su situación, todos haríamos lo mismo. No hace falta recordar las causas de la desestructurada sociedad africana y de su pobreza. No hace falta hablar de colonialismo ni de préstamos chantajistas del Banco Mundial y del FMI para sufragar deudas contraídas ilegítimamente. Tan sólo es necesario preguntarse de que justificación se puede alguien autoconvencer para impedir a otras personas hacer lo mismo que él haría en su situación.

Río Bani, en Mali.

Por supuesto, la solución a los problemas de África no pasa por el drama de la emigración. Drama que son sus países los que padecen ya que significa que sus jóvenes más activos dedican sus esfuerzos a intentar llegar como sea hasta el soñado “primer mundo”, en lugar de emplear su imaginación para transformar sus sociedades desde dentro. Pero, desde los paises receptores, lo mínimo que se puede ofrecer a los que consiguen su objetivo es un poco de humanidad y acompañamiento para que puedan desarrollarse como personas y así consigan dedicar sus esfuerzos a sacar del pozo a sus sociedades.