Suerte en Oporto

Hay ciudades que marcan su personalidad en base a la modernidad, o en todo lo contrario. Otras destacan por estar cerca del mar o en las montañas. Oporto es especial. Esta ciudad parece que, a propósito, no haya querido definirse. Sea por sus casas a medio derruir, por la increíble visión de un futurismo ya pasado en el puente Don Luís I cruzando el Duero, por sus callejones empinados o por su moderno y eficiente metro, Oporto lo que quiere es no dejarse etiquetar tan fácilmente. Al contrario, prefiere ir sorprendiendo a base de cambios repentinos de humor.

Uno de estos arrebatos de la ciudad toma forma en unas empinadas escaleras que, en pocos minutos, transportan de la turística ribera del Duero a la amplitud altiva al lado de la Sé (la Catedral). Para hacerlo en tan poco tiempo, las escaleras son una especie de túnel mágico con un estado de ánimo propio definido por una absorbente decrepitud.

Esta calle es también una imagen de la dignidad de quien resiste. Aquí el cielo está enmarcado por la base del mastodóntico puente Don Luís I, el cual se abre paso a codazos entre los antiguos edificios que resisten. Otras casas colindantes fueron derruidas a finales del S. XIX para darle paso al ufano e indiferente puente, pero las restantes se mantienen de pie, mirándole a los ojos y resistiendo los temblores que los asaltan cada vez que pasa el metro por sus cabezas.

En mi segunda visita a Oporto, este surrealista punto era uno de los marcados para el reencuentro. Cuando al final lo encontré, levanté la mirada para dejarme llevar por el torbellino de emociones que irradia. Tanto levanté la mirada, que no pude ver como mi zapato pisaba una brillante y soberana mierda que se había autoproclamado reina del escalón.

Empujado temporalmente fuera del viaje, con trozos de pinzas de tender intentaba olvidar la profunda impresión que, joven ella, había dejado en mi suela. A la vez, un territorial perro, quizás el autor de la obra de arte, reseguía mis pasos marcando a su manera en casa de quién estaba. En un momento, una buena señora apareció por la ventana y me ofreció un poco de papel de cocina, apiadándose de mi con la mirada y, seguramente, sintiendo un poco de aquel patriotismo compungido que nos invade cuando a un extranjero le ocurre algo en nuestro país.

Con paciencia pude retomar el camino, asimilando que ese era, precisamente, otro de los encantos de la ciudad; un rasgo de una de sus múltiples personalidades. Oporto es una ciudad fascinante, que vale la pena recorrer mirando a lado y lado. Aunque mejor no olvidar, de cuando en cuando, echar un vistazo abajo.

La escena de esta calle siempre me ha recordado a la casa y el puente de la maravillosa película de animación Les Triplettes De Belleville que, aún estando ambientada en el barrio parisino de Bellville, bien lo podría estar en Oporto por sus cuestas y adoquines.

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